Un grupo de irreductibles franceses se resiste a abandonar su exclusiva península pese a incendio
Con los pies descalzos, barba blanca y piel enrojecida por el sol, Benoît Bartherotte supervisa las excavadoras que derriban pinos sin descanso para proteger del megaincendio que arrasa el suroeste de Francia una lujosa península, que se resiste a abandonar.
A sus 79 años, el "Robinson de Cap-Ferret" se ha remangado una vez más para proteger "su" pueblo y esta península, donde veranean estrellas, desde la oscarizada actriz Marion Cotillard al popular músico Pascal Obispo, entre lujo, exclusividad y discreción.
El incendio forestal, que ya arrasó 42.000 hectáreas, está a pocos kilómetros y las temperaturas rondan en este miércoles de finales de julio los 40 ºC. Pero Bartherotte decidió quedarse, pese a las órdenes de evacuación emitidas la semana anterior.
Criticado por algunos, idolatrado por otros, este empresario conocido por hablar sin pelos en la lengua se lanzó a construir un enorme cortafuegos. Aunque para ello hubiera que saltarse la ley.
"Nos hicieron perder dos días con sus tonterías de pequeños burócratas" municipales que paralizaron las obras, se queja. "Cuando hay una situación de emergencia, hay que pasar a la acción, siempre se pueden pedir las autorizaciones después", agrega.
- "Hasta Brigitte Macron" -
Este provocador hombre reconoce que activó sus redes que van "hasta Brigitte Macron", la esposa del presidente francés Emmanuel Macron, para conseguirlas. Con un puñado de voluntarios, espera completar la franja de 800 metros de largo por 80 de ancho antes de que termine la semana.
Cuatro máquinas talan los troncos y arrancan las raíces, en este trozo de tierra situado entre el océano Atlántico y la turística bahía de Arcachón. Su asociación, que tiene entre sus miembros al magnate de la telecomunicaciones francés Xavier Niel, lo financia íntegramente.
"Puse a mi familia a salvo al otro lado de la bahía y vine a echar una mano", explica un voluntario que se presenta como Quentin. El osteópata ya lo tiene todo previsto por si llegara a ocurrir lo peor: "Mi barco está listo, puedo largarme en cinco minutos".
Este hombre cuarentón, de cabello dorado y pantalón de camuflaje, explica que cuentan "con el apoyo de los bomberos". "Lo único que queremos es salvar nuestras casas", agrega, mientras descarga material bajo un calor sofocante.
- Criadores de ostras, presentes -
En la península, se suceden calles desiertas y chalés con las contraventanas cerradas. Pero en casi todos los pueblos, algunos "irreductibles" se negaron a marcharse: algunos jubilados, pero sobre todo pescadores y ostricultores.
Estos últimos, que se autodenominan los "verdaderos locales" en oposición a los propietarios de residencias vacacionales, se quedan por dos razones: ayudar a los bomberos relevándose cerca de puntos calientes con cubos de agua, y evitar que sus ostras se mueran.
"Si no las cuidamos, toda nuestra producción se va a estropear. No podemos permitirnos el lujo de irnos", explica Bart Bosredon, de 44 años, que se afana en la bajamar en voltear los mariscos atrapados en las mallas de los parques sumergidos.
Con la mirada puesta en su cabaña ostrícola, que los turistas suelen abarrotar en verano, teme lo peor: "Entre la temporada turística parada, la contaminación de los humos, y el lanzamiento de retardantes por los Canadair, no sé a quién se las vamos a vender".
"No somos ricos ni privilegiados. Lo estamos perdiendo todo", lamenta otro criador de ostras, que pidió el anonimato y que, como la mayoría con los que habló AFP, rechaza los estereotipos sobre la península.
R.Rous--TPP