The Prague Post - Extranjero, combatiente a sueldo de Moscú... y prisionero en Ucrania

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Extranjero, combatiente a sueldo de Moscú... y prisionero en Ucrania
Extranjero, combatiente a sueldo de Moscú... y prisionero en Ucrania / Foto: Genya SAVILOV - AFP

Extranjero, combatiente a sueldo de Moscú... y prisionero en Ucrania

Vienen de Italia, China o África, y se alistaron con las fuerzas rusas "para trabajar", en algunos casos, o "por obligación", en otros. Ahora son prisioneros en una cárcel ucraniana, y aguardan un ansiado canje para recobrar la libertad.

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AFP pasó un día en esta inusual prisión, ubicada en un lugar secreto del oeste de Ucrania, y pudo hablar, lejos de los vigilantes, con estos prisioneros de guerra atormentados por las pesadillas del frente.

Aquí no han recibido pena ni veredicto, y esperan un canje, uno de los pocos ámbitos de cooperación entre Moscú y Kiev desde que arrancó la invasión rusa en febrero de 2022.

Todos sus nombres fueron modificados, de acuerdo con la Convención de Ginebra, que prohíbe exponer a los prisioneros de guerra "a la curiosidad pública".

- Por la libertad -

Las paredes son blancas, y el suelo beige. El edificio conserva la austeridad arquetípica de la época soviética. Por una ventanilla se le entrega a los recién llegados algunas prendas, todas de color añil: camisa, chaqueta, pantalón, jersey. También, un cepillo de dientes, jabón y toallas.

En la escalera, Eric, que es de Togo y tiene unos treinta años, habla con un nigeriano y un chino en un ruso aproximativo.

Tanto él como su compañero de prisión nigeriano afirman haberse sentido seducidos por "la ideología" y "la historia" de Rusia.

Ambos tomaron las armas "en nombre de la libertad" de los habitantes rusófonos del este de Ucrania. Un pretexto invocado por los separatistas prorrusos en 2014 para alzarse contra el poder de Kiev en esa zona del país, como preludio a la gran ofensiva lanzada ocho años más tarde.

Eric reconoce no obstante "no conocer de verdad la historia entre ambos países".

En realidad fue una motivación más personal la que empujó a este joven médico a abandonar Lomé, la capital de Togo, un año antes de la guerra. Quería formarse como neurocirujano.

Canadá era "muy caro", y Francia no lo aceptó.

Finalmente descubrió la universidad de Moscú, "abordable", y la promesa de un pasaporte ruso después del servicio militar. "Me enteré por las redes sociales", cuenta.

Según el Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI), las ofertas rusas abundan en las redes sociales de África francófona. Prometen unos 2.700 dólares en el momento de firmar el contrato, y 2.900 USD de salario mensual, además de la obtención de un pasaporte ruso.

El IFRI añade que desde noviembre los hombres extranjeros de 18 a 65 años deben enrolarse en el ejército para obtener un permiso de residencia o la nacionalidad rusa.

Otros ciudadanos de países africanos han dicho a AFP que fueron reclutados por la fuerza, atraídos por ofertas engañosas en el ámbito civil.

Eric asume no obstante su elección. "Sabía en lo que me estaba metiendo", dice.

Una decisión que no compartió previamente con su familia. En una llamada telefónica, su padre se enteró al mismo tiempo de que se había enrolado en el ejército ruso, y de que los ucranianos lo habían capturado.

"Me insultó bastante", dice riéndose. "¿Mi madre? No me atrevo ni a llamarla".

- "Solo quería trabajar" -

En fila, los detenidos esperan el almuerzo, con las manos a la espalda y la cabeza baja, observados por los retratos de ucranianos célebres en las paredes del pasillo.

En el comedor se sientan de a cuatro, comen y se levantan al unísono. "Gracias por la comida", en ucraniano, son las únicas palabras que rompen un silencio monacal que parece ralentizar el tiempo.

Por la tarde, a cambio de pequeños emolumentos, algunos trabajan en la fabricación de sillas.

Antes del taller, Giuseppe explica a la AFP que le gustaría poder llamar por teléfono a su esposa, con quien vivía en Rusia desde hacía ocho años. Sin dominar el idioma, este pizzero dejó su Campania natal para seguirla a las puertas de Siberia.

Con su salario, era "imposible vivir en Italia, porque los precios se dispararon".

Un anuncio en televisión que prometía un empleo como cocinero lo convenció de ir al frente. Asegura que "solo preparaba las comidas" para el ejército ruso.

Finalmente, un obús le costó cuatro dedos del pie y la libertad.

Varios informes mencionan a civiles o militares que abandonan su país para unirse a las filas rusas o ucranianas, atraídos por sueldos atractivos.

Pero medios italianos afirmaron que Giuseppe había huido de su país para evitar un juicio por violación de un menor.

Wediwela, un esrilanqués, "solo quería trabajar". En la habitación que comparte con sus compatriotas, sonríe con facilidad y habla un inglés vacilante. Entrega a la AFP su diario íntimo: un pequeño cuaderno ennegrecido por la tinta.

En él condena las "destrucciones de la guerra y la ruina del futuro de los niños", pero acusa a Occidente de haber iniciado el conflicto, celoso del "éxito ruso".

Para escapar de la "crisis política y económica de Sri Lanka, un gran número de personas se marcharon con la esperanza de encontrar trabajo en el extranjero", relata.

"Si mi país me hubiera ofrecido un buen marco de vida, no habría tenido que emprender un viaje así", destaca.

- Bajo coacción -

A la hora del paseo una multitud se reúne en el patio: jóvenes y viejos, delgados o con barriga, todos con la cabeza rapada. Algunos fuman, unos pocos conversan. Muchos permanecen de pie en silencio.

En las ventanas rostros imberbes lanzan miradas curiosas a los periodistas. Dentro del recinto la llegada de una nueva persona es todo un acontecimiento.

Aziz, un detenido uzbeko, se acerca, incómodo, con sus pantalones remendados. "Me obligaron a firmar", comenta.

Cuenta a la AFP que fue víctima de una trampa tendida por policías rusos que lo acusaron de tráfico de drogas.

"Me dejaron elegir entre 18 años de prisión o alistarme", susurra, tras haberle prometido "un trabajo como conductor".

"Ni siquiera recibí dinero. De hecho, no quiero recibirlo", recalca.

Para escapar del combate, pisoteó "pétalos", nombre poético que se da a las pequeñas minas que salpican el frente. "Escuché que a los heridos graves los devolvían a Rusia, pero no explotaron", lamenta.

Así que tomó la "segunda opción": levantar los brazos frente a un dron que lo condujo hasta los soldados ucranianos.

Mira a su alrededor. Su voz se convierte en un susurro. "Les mostré en un mapa dónde estaban nuestras posiciones", detalla.

- "¡Mátenme!" -

Según un informe del Consejo de Europa, este establecimiento trata generalmente a los detenidos de conformidad con las Convenciones de Ginebra. Sin embargo uno denunció comentarios racistas por parte de algunos guardias.

Del lado ruso, las Naciones Unidas denuncian el uso de torturas sistemáticas y ejecuciones extrajudiciales de prisioneros ucranianos.

El Centro Ucraniano para Prisioneros de Guerra estima que 7% de los detenidos son extranjeros, procedentes de 40 países diferentes.

Según Petro Iatsenko, portavoz de esta organización, "Rusia no tiene ningún interés en intercambiarlos, y sus países de origen tampoco", por lo que pueden permanecer cautivos "durante meses o años".

Aziz es uno de los pocos que se niega a un intercambio, por temor a represalias. Los demás depositan sus esperanzas en el plan estadounidense para poner fin al conflicto, que prevé la liberación total de los prisioneros.

Giuseppe quiere regresar a Rusia. Al igual que Eric. "Cuando se lo dije a mi padre, volvió a insultarme", dice de nuevo entre risas.

Wediwela, por su parte, espera regresar a Sri Lanka y reencontrarse con su familia, aunque sus esperanzas se van desvaneciendo.

"¿Para qué vivir una vida que ya se parece a la muerte?", confía en su diario. "Cuélguenme, mátenme. Estoy preparado", resume.

V.Nemec--TPP